Escrituras, 4
Solía entrar en la noche de los closets,
en su denso follaje de alambres y algodón.
Al contacto con la oscuridad
acudían fragmentos diversos
de la habitual provisión de mis días:
el incesable rumor de la casa
sumando el quehacer de sus habitantes
la confusión de culpa y afecto
al advertir la muerte
en la menguante humanidad del abuelo
las manos de mi madre,
sus febriles oficios,
la piel áspera que suavizaba con limón
antes de dormir.
Tantas manifestaciones,
tanta vida que ahora pretendo conjurar
al contacto con lo oscuro
de esta página en blanco.
Escenas de parque, 3
Qué mejor recinto para la amistad
que las bancas de nuestros parques.
Hablo por ejemplo
de la curtida amistad de dos mujeres
que acostumbran callejear la vecindad,
se recogen en el parque a descansar
y aguardan
mientras una dormita
sobre el hombro de la otra.
Pródigas, 4
Ningún licor,
ni siquiera éste que mi padre
gozoso de mi regreso, me brinda
embriaga la ansiedad
que me incitó a partir un día;
el vientre
de las mujeres extranjeras
tampoco la detuvo.
Ahora
que me encuentro limpio
ornado con hermosos atavíos
y mientras los sirvientes
aderezan el lomo de la bestia
degollada en mi honor
resiento
la sonrisa presuntuosa del gentío
orgulloso de mi fracaso
y el gesto hosco de mi hermano
quien no perdona que nuestro padre
me haya perdonado
El coraz ´ n portátil
I
Se porta el coraz ´ n como una moneda.
Se arroja en cada fuente
esperando un golpe de suerte
(o de soledad).
II
Nunca escasea el coraz ´ n.
No bien lo has perdido
y ya está el vacío en el pecho
acuñando uno nuevo.
Lo importante es no perder el vacío.
III
Lanza tu coraz ´ n desde las azoteas
como un suicida.
No dejes de advertir:
PELIGRO.
Justo es que quien intente atraparlo
sepa a qué atenerse.
El cuerpo
¿El cuerpo?
El cuerpo es un ídolo rancio
al que ofrendamos flores por costumbre.
Mil billones de fotografías
le tomaron durante este siglo
y lo han dejado exhausto.
Pobre cuerpo:
no resiste una prenda más,
un desnudo más, una pose más.
Habría que embalsamarlo,
encerrarlo en un sarcófago
y preservarlo un milenio de toda mirada
mientras recupera su aura.
El amor abunda
Vivo en un país tropical.
El amor cae silvestre.
Lo veo caer sin afán.
Dejo que colme las calles y los andenes.
Mañana temprano
recogeré lo que quede de él
con una pala.
Sé que mañana en la mañana
el dolor no habrá acabado con todo.
Que pase el amor.
Yo lo veo pasar
tendido en la playa
como un turista.
Como si se tratara
de bandadas de alcatraces.
El amor
abunda.
El erotismo
El erotismo, la comedia, los fósforos.
Las voces, las formas, las llamas.
El velo cóncavo del paladar,
la aguda lengua,
las murallas abiertas de la risa.
El cuerpo humano, al fin,
nada más bello y negado.
El cuerpo femenino, rojo y negro,
rubio y azul aguamarina.
Los abrazos como red al aire,
el deseo como ancla,
el amor como lecho de agua
y los amantes como ángeles
reclamando y prodigando
favores mundanos.
El olvido no existe
El olvido es un asilo
donde recluimos lo pasado
para evitar que devore
al porvenir.
Basta una precisa señal del tiempo
para que el recuerdo cautivo
escape aleteando
y preste el servicio de añoranza o de sabiduría
que requiera nuestra vida
en ese instante.
¡Oh, sí! La memoria es una caja negra
que conserva lo esencial de la experiencia
de accidente en accidente.
Hay que tener fe en este mecanismo.
El olvido, como tal, no existe.
Amores, amores, amores
Amores, amores, amores,
mil clases de amores.
Amor niño, amor lejano,
amor represado, negado y reclamado.
Amor vicio, inmortal, ingenuo.
¿Qué es el coraz ´ n?
¿Un venado o un cazador solitario?
¿Huyes o construyes? ¿O visitas?
¡Ah, visitas! Eres cosmopolita,
amor turista, televidente.
El amor y la experiencia loca.
El no querer refrenar el hocico
por doquier vital.
¿Pueden tejer dos de la misma hebra?
¿Jugar a las gallinitas y a las cachetadas del amor?
El amor y la disolución:
“hubiera sido, hubiera sido posible”,
la frase más triste del mundo.
¡Qué ínfulas de arroz nupcial!
¡Y qué carencias!
Poema de la primera vez
Hay algo irrecuperable
en descubrir a un desconocido.
Ofrecerse ante la vista y el tacto
de quien hasta entonces
sólo nos ha tratado vestidos
entraña un acto de desprendimiento
poco común.
Si la ocasión permite
hacerlo sin vehemencia,
hay algo de paternal y fraterno
en desatar los cordones,
desajustar los broches
y bajar las cremalleras.
De este modo
las prendas van quedando en el suelo,
como espigas segadas por el deseo.
Suele sobrevenir entonces
un instante en que la caja negra se abre
y retiene para siempre
un olor, un gesto, algún escorzo del cuerpo.
Luego vendrá lo de costumbre en estos casos:
las caricias, las precauciones, el delirio, el hastío,
el amor, la obsesión, las despedidas.
Poema de la única vez
Estoy absorto en estudiarte,
en recordar tus vestigios,
en descubrir una clave para descifrarlos.
Quiero conocerte
como se conoce un escondite,
aprehender tus sombras y tus fugas,
tus grietas y desperfectos.
Quiero ducharme contigo.
Para tragarte, para sacudirme
y azotarme contra ti.
Escribo esto
con entusiasmo y urgencia
luego de que te has ido.
Ahora,
mientras tu calor aún no acaba
en mi piel,
estás perdida.
Me queda la basura del amor:
espermicida, pelos caídos,
fragancias en retirada…
No es una herencia tan infeliz.
Poema de la última vez
No hay más preguntas.
El deseo es más bien
el recuerdo del deseo
rodando en cámara lenta.
El sudor es el llanto indiscreto
de la despedida.
La lengua murmura voces de aliento,
suaves caricias para limar
las últimas asperezas.
Los amantes se abrazan
como hermanos siameses
antes de la separación de los cuerpos,
antes de arduos días de convalecencia
en que se intentará establecer
el número preciso de ausencias.
No tiene que ser la última vez.
Pero es como si lo fuera.
Del amor muerto
Aquí no cabe ya
la pregunta
por el más o por el menos.
La terca pregunta por el quizás
ya no tiene sentido.
El amante difunto
no tiene ventanilla de reclamos.
Su partida
nos deja a solas
con el amor.
¡Y qué experiencia!
Qué experiencia
si se sabe regresar en silencio.
Husmear por su casa
y encontrar a su padre adentro,
mirarlo a través del cristal,
tan lejano y tan real
como cualquier otro padre.
A solas con el amor,
a solas con el dolor,
ya no cabe la pregunta
por el más o por el menos.
Pudimos amar más,
pudimos amar menos.
El exceso
El exceso de T.V. no remuerde.
El exceso de alcohol es obligatorio.
El exceso de trabajo es legal
y perjudica la salud.
El exceso de velocidad
es la rebeldía de los lerdos.
El exceso de drogas no da abasto.
El exceso de sexo no se siente.
El exceso de luz eclipsa la noche.
El exceso de noche es elixir de fantasmas.
El exceso de campesinos
acampando frente a las alcaldías.
El exceso de plagas que no atajan los pesticidas.
El exceso de estudio sin pasión,
de mediocridad dentro y fuera del salón.
El exceso de sordo llanto y de ira
en las voces de los niños.
Y los madrazos,
los portazos y los trancazos a los objetos.
El exceso imposible del amor.
El exceso de la danza de la muerte.
El exceso de lujo, de codicia, de violencia.
El exceso nuestro de cada día.
Del dolor extremo
Y si el amor de la tierra no alcanza,
si el verde mundo no nos consuela,
si la congoja es tanta,
entonces es hora,
es la legítima hora
de llevar la mirada hacia arriba
y devorar las provisiones
de azul blancura divina.
Cualquiera naufraga en un vaso de mundo,
pero la víctima es a la vez el mensaje,
la botella y la tabla de salvación.
El dolor no tiene hijos únicos.
No te hagas el solitario:
integras una vasta multitud.
Hastío de mi soledad
Te has quedado solo porque te ha dado la gana,
[es cierto.
Pero hoy te encuentras aburrido de tu soledad;
[nadie parece querer fijarse en ti.
Al sentir el teatro vacío el ego se larga a hablar de
[crisis, incomunicación
y angustia existencial.
Imaginas ser atropellado por un carro o que te
[asestan una puñalada
y que, entonces, a algún cuarto de hospital van a
[llegar todos en llanto,
arrepentidos, desesperados por tu diagnóstico
[reservado.
Hasta ahí todo marcha bien y te hallas a gusto en
[tu estado de coma.
El problema es que no eres capaz de morir y poco
[a poco comienzas a mejorar
y las visitas comienzan a desertar y los familiares
[en el pasillo discuten
los honorarios de los médicos y crees descubrir en
[su mirada reproches como:
¿Acaso no podías cruzar la calle con cuidado?
O: ¿Qué hacías en ese antro a las seis de la mañana?
Las putas y los poetas
Los poetas llegan
caídos de la borrachera
y hablan y hablan y hablan.
Poeta que se respete
carga un poema
en el que ha escrito
sobre nosotras, la libertad,
el alcohol y otras lindezas.
Ellos saben
que aquí se les celebra todo
siempre y cuando traigan plata.
Sin plata no hay poema que valga
El inmortal
Soñé mi epitafio.
No tenía lápida
ni tumba.
Era una simple nota
pegada con cinta
y decía:
Estoy en la biblioteca.